Mientras el candidato de Juntos por el Perú intenta mostrarse moderado y repetir el libreto de Pedro Castillo para captar votos del sur, evita hablar con claridad de su cercanía con Antauro Humala, el aliado radical que necesita electoralmente pero que mantiene escondido porque sabe que también genera rechazo.

Roberto Sánchez anda de gira por el Perú poniéndose el sombrero de Pedro Castillo como quien se prueba una herencia política ajena. Porque si fuera por arrastre propio, difícilmente habría conseguido la convocatoria que todavía conserva el castillismo en varias regiones del sur. Sánchez lo sabe, por eso posa, repite códigos, adopta gestos y se acomoda el libreto del profesor de Chota. El problema es que, en el intento de parecerse a Castillo, termina atrapado entre dos fuegos; Pedro Francke y Antauro Humala. Uno representa la supuesta moderación económica que necesita para tranquilizar a los empresarios; el otro, la gasolina radical que le asegura votos duros. Y allí está Sánchez, haciendo equilibrio como malabarista de semáforo.

Hace unos días quedó clarísimo. Mientras Antauro Humala disparaba contra Pedro Francke, el buen Sánchez optó por el silencio y evitó respaldar a quien se supone es pieza clave de su eventual equipo técnico. ¿Por qué? Porque sabe perfectamente que no puede darse el lujo de incomodar al etnocacerista. Aunque ahora le quieran llamar “convergencia”, todos entienden que Antauro se ha convertido en la piedra en el zapato de Sánchez, porque lo necesita, pero al mismo tiempo le avergüenza exhibirlo demasiado.

Y cuando Antauro declaró, sin anestesia, que al menos el 6% de los votos obtenidos por Juntos por el Perú en primera vuelta le pertenecían a él, a Sánchez no le agradó, pero tuvo que salir a responder, aunque se notaba a kilómetros que hubiera preferido hacerse el distraído. Pero no podía quedarse callado. Entonces apareció el psicólogo moderado, el político correcto, el hombre de las formas y apenas calificó las declaraciones como “palabras excesivas”, cuidándose milimétricamente de no entrar en confrontación con el militar en retiro.

“Bueno, yo creo que son palabras excesivas, ¿no? Pero son opiniones y se respetan las opiniones”, dijo con esa mesura de consultorio que intenta apagar incendios sin mojarse demasiado.

La respuesta retrata exactamente el problema de Sánchez, él quiere quedar bien con todos, con Antauro, con la izquierda moderada, con el voto radical y hasta con quienes desconfían de ambos. Pero ese libreto ya no le funciona, al menos en Lima, porque en política no siempre se puede bailar en todas las fiestas al mismo tiempo.

Después intentó relativizar el peso político de Antauro asegurando que “no existe manera de determinar con exactitud qué porcentaje de votos corresponde a determinados liderazgos o movimientos políticos”. Y remató diciendo: “Esta cosa no hay forma de saber eso, ¿no? Así sea un votito de aquí o de allá, se agradece”.

Claro que se agradece, sobre todo cuando esos votos podrían definir una elección. Por eso Sánchez mantiene un discurso tibio cada vez que le preguntan por Antauro; porque si el etnocacerista realmente no fuera parte de su ecuación política, probablemente las respuestas serían muchísimo más frontales; pero no. Allí aparece nuevamente el cálculo del candidato huaralino:

“Eso no debe ser motivo para pelearnos entre nosotros. Nosotros somos el proyecto de la unidad, del respeto y de las formas adecuadas para tratarnos entre aliados”, afirmó.

Traducido al castellano de la calle, Roberto Sánchez no quiere pelearse con quien puede movilizar votos radicales, aunque eso implique tragarse sapos políticos en público.

Sánchez insiste en hablar de cohesión y unidad en plena segunda vuelta, pero evita decir con claridad cuánto depende realmente de Antauro Humala. Él lo esconde mientras dure la campaña y mientras espera el sufragio, porque sabe que exhibir demasiado esa cercanía también espanta a buena parte del electorado que rechaza las ideas radicales del etnocacerismo.

Por eso Antauro termina siendo algo así como la amante política que Sánchez mantiene escondidita; “conversa con ella, cena con ella, chatea con ella” —como el propio Antauro ha contado—, pero evita aparecer demasiado en público para que no lo vean de la mano. Y mientras más intenta ocultarlo, más evidente resulta el vínculo. La pregunta es hasta cuándo Roberto Sánchez seguirá negando, como Pedro en domingo de pasión, a un Antauro Humala que hace rato dejó de ser aliado silencioso para convertirse en socio incómodo.

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