“The greatest feeling I ever had in my life –with my clothes on– was when I first heard Bird and Diz together in St Louis”. Así empieza la autobiografía de Miles Davis escrita en 1989. Y quizás ese momento no llegó de casualidad para ese muchachito de 18 años. Porque incluso antes de convertirse en Miles Davis, él ya estaba buscando el futuro. Al escuchar a Charlie Parker y Dizzy Gillespie en 1944, Miles entendió que el arte verdadero no puede quedarse cómodo dentro de las reglas existentes. Y desde ese preciso momento, toda su vida sería una pelea frontal contra el status quo, inclusive dentro de su propia música. Eso es quizás lo más extraordinario de Miles Davis 100 años después de su nacimiento: nunca miró hacia atrás.
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En una industria obsesionada con convertir a los artistas en museos vivientes de sí mismos, Miles hizo exactamente lo contrario. Cada vez que alcanzaba la cima, destruía el mapa y volvía a empezar. Lo hizo cuando dejó atrás el bebop para inventar el ‘cool’ jazz. Lo hizo cuando transformó el lenguaje armónico del jazz moderno. Lo hizo cuando electrificó su música y escandalizó a los puristas. Lo hizo incluso cuando ya era una leyenda viva y no tenía absolutamente nada que demostrarle a nadie. La nostalgia nunca le interesó. Se podría decir que le daba asco. Y quizás por eso sigue sonando moderno. Pero paradójicamente, Miles Davis es uno de los artistas más emulados y copiados de la historia del jazz. Y –entre otras cosas– grabó el disco más vendido de la historia del jazz “Kind of Blue” en una sola toma.
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